La espera de la visa de estudiante

Hace 6 meses me enteré que existía el posgrado aparentemente ideal, hace 4 mandé mis papeles, hace 3 supe que me iría a vivir a España, hace 2 renuncié a mi trabajo de los últimos tres años, pasaron 5 semanas de espera por la visa de estudiante y hace 2 semanas empezaron las clases de mi master sin mi.

El proceso de la obtención de la visa de estudiante que requiero para irme a estudiar a Barcelona, España, por un año, ha sido más que burocrático, una experiencia personal de licuadora de sentimientos. He dejado atrás el miedo y nervio, por ansiedad y desesperación.

Encontré una rutina, en el llegar a despedirme y simplemente no poderme ir, llegue y me instalé y seguía despidiéndome, sin conocer la cercanía de una fecha para poder cambiar de canal, sin margen de planeación u organización, varada en mi propia ciudad natal, ya que la otra por adopción se convirtió en la ciudad de México.

Las posibilidades de acción están listas,  esperando ese cualquier momento de decir adiós, sin pensar ni titubear, ya está listo, segura de una decisión que ya se tomó y se reforzó, esperar y tomar un avión para la próxima aventura que le dará a esta vida una giro que seguramente no podré imaginar.

No la he pasado mal, he tenido tiempo de calidad, de recarga emocional, horas de plática con los amigos, amanecidas, carnes asadas familiares,  mariscos como desayuno en sábado, tacos de carne asada en la noche, café y más café entre charlas y carcajadas, gritos y sentimentalismos. No la he pasado mal. Para nada mal, mi agenda se ha mantenido ocupada y muy llena, aunque me faltó.

Caminé y recorrí la ciudad, en carro, de aventón, en taxi, y bicicleta. Vi sus nuevos caminos, sus tendencias de crecimiento, su explotación publicitaria, sus nuevos centros comerciales, su carencia de parques y de árboles; su dinamismo cotidiano, así como sus ritmos urbanos.  Más activa mediante su inercia de crecimiento.

La espera me ha acercado a la familia, a la dinámica de un quehacer diario, de la infinidad de reuniones familiares, tenía por lo menos unos tres años que dejé de ser constante en las visitas y celebraciones, hoy volví a recargarme de ella, la familia y toda su representatividad como institución. Una familia joven pero grande, que empieza a construir bases sólidas, que busca y ha ganado un crecimiento generacional.

Lo que debieron ser dos semanas de espera en la coqueta Tijuana, se han convertido en casi cinco semanas, disfrutables pero llenos de incertidumbre, la comida ha dejado quererse, el clima me ha recordado el frío húmedo de playa y sus brisas matutinas, así como sus días de renovación energética.

Contradictoriamente, el sudor de manos que provoca este viaje no ha cesado en esta escala, siguen sudando por el nuevo vuelo, por el nuevo reto de desprendimiento y experiencia de adaptación.

Durante estas cinco semanas, he dedicado mi tiempo a la reflexión, a la lluvia de ideas, emprendimiento de proyectos, acercamientos creativos, novedosos, hambrientos de realización y productividad, de entusiasmo y necesidad de expresión. Tiempo que con un trabajo detrás, me volvería imposible el nivel de acercamientos que se han logrado y las cientos de ideas que han aterrizado.

Descubrí que estoy rodeada de emprendedores, soñadores que buscan una mejor ciudad, una mejor ciudadanía, una integración de comunidad con sociedad, la consciencia de vivir con responsabilidad social. Descubrí amigos con compatibilidad de proyectos de vida, por Tijuana, por la frontera, por México, en el que construir algo, siempre será mejor que quedarse estancado e inmóvil, he visto como las carencias que hemos criticado se  están convirtiendo en propuestas y proyectos, en realidad sueños aterrizados.

A mis 29 años, me encuentro viviendo un período de movimiento continuo, en una metrópoli con un sistema de vida muy dinámico, con la experiencia de diferencias interculturales generadas por las convivencias y experiencias ajenas, esperando; siempre a la espera de viajar con todas las ganas de andar caminando por ahí, una escala, una estación, una parada, una historia fuera de mis manos que se convierte en un aprendizaje más íntimo, más personal, más mío.

La espera por la llegada y el despegue, al saber que no está en mis manos y que el trabajo que me correspondía ya quedó, lo que queda es precisamente el acercamiento personal sin prisas, sin distracciones y sin expectativas.

La espera de la visa española es un proceso de desesperación que en mi caso, se extendió a un acercamiento con mi ciudad y sus personas; amigos que saben quién soy, después de tres años de ausencia, regresar por más de un mes me ha dado otra perspectiva de mi misma, de lo que quiero, así como de observarme desde ésta óptica buscando y afirmando mi entidad e identidad.

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