Una boda en Aguascalientes

 

–       Este fin de semana tengo una boda en Aguascalientes –

–       ¿Vamos?

¿Aguascalientes? ¿Fin de semana? ¿Una boda?  Era un viernes por la noche, directo a un hotel cerca del centro que me hizo recordar a una amiga de Tijuana que originaria de Aguascalientes. Ese hotel se parecía a su casa. Las paredes estaban llenas de ángeles, cruces, espejos con ángeles, ángeles con cruces en las manos, muchos de ellos de madera y cerámica. Entendí que la decoración de mi amiga era una tradición de su tierra, de la cultura familiar y sus creencias.

El sábado era el gran día para los novios. La fiesta se realizó en un salón a media tarde, entre un clima agradable y un cielo despejado; aunque era sábado, tenía atmósfera de domingo y aunque había sol, no hacía mucho calor.

Como la desconocida que era, acompañando a una amiga de la novia, opté por seleccionar una mesa apartada que me permitiera ver la fiesta pero tampoco me expusiera. No quería estar sentada y arrinconada, pero si abierta a la fiesta y ser parte de ella. Pero, al ser las primeras en llegar, lo más correcto fue estar más cerca de las mesas ya ocupadas, aunque, sin saber terminé sentada como vecina de la mesa de los papás y hermanas de la novia.

No es fácil estar en una boda en la que no conoces a los novios, por una parte es un momento íntimo, entre familiares y amigos y por otra, en este caso, se trataba de boda pequeña, haciendo más evidente que no conocía a los novios. Cuando inició la ceremonia del matrimonio civil, sentí que no debía quedarme sentada pues todos los invitados y familiares estabas atrás de la pareja de pie. Tampoco quería salir en las fotos, al no conocerlos y seguramente estar ocupando el lugar de algún amigo que por la distancia, por ejemplo, no asistió, ese amigo seguramente verá alguna fotografía y se preguntará: ¿Quién es ella? ¿Porqué está ahí? Yo lo preguntaría.

Tomé mi cámara y empecé a tomar fotografías. Captando los ojos brillantes de la novia, con risa nerviosa, expectativas, ilusiones, ojos de amor. Estaba ansiosa. El novio con más temple, sin tanto nervio, feliz por tener a esa mujer frente a él; tomados de las manos, él veía sus manos unidas a las suyas, sonreía y la miraba a los ojos, buscaba después con esa misma mirada a su familia y la sonrisa le crecía.

Si todos los invitados estaban contentos, lo estuvieron más después de que legalmente los novios fueron declarados marido y mujer. Las familias de ambos no se cansaban de dar abrazos, besos, soltar “carrilla” sobre lo que les esperaba como esposos, haciendo uno que otro chiste que recuerda lo difícil que es no sólo encontrar el amor, sino mantenerlo.

Como si le hablara a la comida y ella me contestara, alguien dijo: el buffet está listo. ¿Buffet? A caso hay algo más adecuado para una boda que un buffet? No sé ustedes pero yo creo sentir comer más rico, por hacer más mío el platillo. Y qué platillos. Se tratada de diversas cazuelas de carnes para hacer tacos propios, desde lengua, carne deshebrada, chicharrón prensado y hasta aguacate y frijoles negros. Tortillas de maíz, recién hechas.

Creo que mi deleite por la lengua se extralimitó. Empecé como la amiga de una amiga de la novia y pasé a la amiga de la novia que se acabó la lengua. Me pareció tan rica que siendo buffet, no había razón para quedarme con las ganas de repetir el plato. Este hecho se convirtió en un tema de mesa, que no sé en qué momento, terminamos sentadas con la familia de la novia, Karla.

El papá me parecía un señor simpático, varonil y con una mirada de mucha ternura sobre todo cuando se trataba de hablar o dirigirse a sus hijas, tres en total. Con tejana puesta, se trataba de una familia de San Luis Rio Colorado, con trabajos y estudios entre Mexicali y Ensenada, en donde precisamente la novia conoció a mi amiga. La familia del novio es de Aguascalientes, por ello el hacer la boda del civil en este estado para meses después, celebrar la unión religiosa en Mexicali.

Otra de las hijas, era maestra de buceo, su papá ya quería que se quedara quieta, que dejara de moverse de una playa a otra, viajando, trabajando, conociendo por medio del buceo. A mi me parecía una chica muy valiente y arriesgada por sus inquietudes.

Poco a poco conocí a la familia, a las hijas, a la novia, el novio y quienes llegaban a saludar y luego llegaban poco a poco a despedirse. Porque finalmente de esa mesa no nos movimos muchos, la plática, las risas, la “carrilla” entre familia se adueño de un ambiente de alegría y celebración. Estábamos sentados con el único objetivo de pasarla bien y brindar por el amor. Y si, brindamos.

Fue en Aguascalientes, en donde recordé que una boda es una fiesta por la familia, y que aunque no era una invitada, terminé siéndolo en la fiesta religiosa. Ese fin de semana, la boda dejó una estela que le dio otro toque al recorrer el centro de la ciudad al día siguiente. Parecida a la sensación cuando sales de ver una película romántica en el cine.

 

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