Largos, largos vuelos

Se te hinchan los pies, a veces también las manos. El dolor de cuello es inevitable si decides dormirte. Lo mejor son las películas… pero ¿tres o cuatro seguidas? Tiende a provocar sed cuando las aeromozas ya pasaron, pero también, tomar agua es un riesgo, sobre todo porque gusto de estar en ventanilla. Un buen libro no falla. Niños cerca no siempre es un problema, pero si.

La primera vez que crucé el Atlántico no pude concentrarme en nada. Eran tantos los pensamientos que me generaba el viaje por sí sólo que permanecía riéndome conmigo misma y con Lisset, con quien compartí ese viaje. Las risas como cómplices del nervio, de las ganas y de las expectativas que teníamos de cruzar el charco eran evidentes. Empezábamos algún un tema y terminábamos siempre hablando sobre ese viaje.

Hubo un momento en que mis pies no lograban relajarse, toda la ansiedad se concentro en el empeine, el tobillo, los dedos, el arco, la pantorrilla. Tenía frío y tenía calor. Inevitablemente se movían sin que yo pudiera controlarlos. Cruzaba las piernas, las estiraba, me sentaba un tiempo sobre una de ellas y después cambiaba. Nada remediaba el estar tan inquieta.

Los otros viajes han sido en mayor o menor medida más tranquilos. Con sensaciones como la ansiedad, fuertes palpitaciones, sudoración, pensamientos, muchos pensamientos. Si bien la clave está en respirar y tomarlo con calma, los pensamientos acosan; las preguntas sin respuestas, las opciones de lo que puede salir mal de ese viaje, los posibles escenarios de vida e inventado historias basadas en deseos. Se piensa mucho en vuelos largos.

Leer frena el pensar, te pierdes en una historia basada en palabras que juntas van creando imágenes; me inclino por las novelas más que por algún libro de contenido especializado; me gustan las revistas pero no son más de dos y son excesivamente comerciales. Un libro de bolsillo ayuda mucho. Leer dos horas sin darse cuenta y sentir que avanza el minutero como segundero, es motivante, y también ayuda a conciliar el sueño.

En una de esas revistas de avión, leí sobre el síndrome de la clase turista llamado trombosis venosa profunda. Es la reducción del flujo sanguíneo de retorno al corazón que, en situaciones normales, se genera de forma natural mediante el movimiento de los músculos. Y entendí porque, por lo general, señoras, salen a caminar y recorrer todo el pasillo del avión, sonriéndole a los niños y saludando a quien le devuelva la mirada. Buscando con quién platicar y matar el tiempo.

¿Qué mejor que olvidarse de querer ver el reloj que la hora de comer?  La comida de los aviones no es famosa por su sabor, pero cumple su objetivo; hasta me hace sentir en primera clase estando en clase de turista. Una charola personal contiene  un plato de aluminio con pollo o carne con crema de champiñones y arroz blanco, en ocasiones ofrecen la opción de lasaña; pan blanco, ensalada, mantequilla, bebida y café acompañado de galletas o pan dulce. No está mal. Si se trata de desayuno es un omelette con pan, café y jugo. Los cacahuates entre las comidas no faltan. Y siempre hay pastillas para el aliento.

Otra de las ventajas de estos vuelos es el kit nocturno: pequeña almohada, una manta, cepillo y pasta de dientes desechables y un antifaz para evitar que la luz moleste. Repito, es cuestión de relajarse y tomarlo con calma.

Las medidas de seguridad en las escalas varían de acuerdo al país o la ciudad, y tienden a ser lentas y a veces extrañas. Por ejemplo para llegar a Europa saliendo de San Diego o Los Ángeles,  he hecho escala en Nueva York y Chicago, ya del otro lado en París y Madrid y mi conclusión hasta ahora es que en Estados Unidos te ven como delincuente, París con indiferencia y Madrid con guapos que te distraen de su trato áspero.

En una ocasión, saliendo de la Ciudad de México con destino a Barcelona, lo que implicó llegar antes a Madrid, realicé una escala en el aeropuerto de Bogotá, Colombia, que me recibió con una serie de medidas de seguridad que me parecían desconocidos y extremas. Pasé el primer filtro con dos o tres charolas que cargaban todas mis pertenencias, busqué mi sala y había fila para entrar a ella; una revisión de pasaporte y pase de abordar; dentro de la sala rodeada de vitrinas me esperaban militares que me pidieron prender la computadora personal.

Los largos, largos vuelos no siempre son las ocho o diez  horas sentada en el asiento, son largos por el trato de prisa y estirado de quienes trabajan en las aerolíneas, me hacen sentir mercancía; el niño de tres meses que no para de llorar desde hace veinte minutos; los filtros de seguridad que te dejan en calcetines; la fila de migración que te hablan como si conocieras los procedimientos y te ven batallar para subir tu maleta y no te ayudan.

Las conversaciones de avión. Un elemento que le da siempre un toque agradable a los vuelos, una buena charla con quien circunstancialmente está sentado a tu lado, han llegado a ser entretenidas e interesantes; conocer gente nueva siempre es atrayente, más cuando algo hay en común: un destino.

¿Pero que sería del viaje sin el traslado? Viene incluido miles de escenas que trae consigo los aeropuertos y los aviones, te acercan el mundo al que quieres acceder y te deja una gran satisfacción al escuchar el aviso del aterrizaje, después suena el timbre que apacha el foco de abrochar el cinturón de seguridad  es cuestión de esperar para bajar del avión, llegar a el destino.

 

 

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