Los hombres de Miravet

A la orilla del río Ebro, el más cauteloso del territorio español. |Foto: Arlene Bayliss

A la orilla del río Ebro, el más cauteloso del territorio español. |Foto: Arlene Bayliss

Es un pueblo pequeño, somos pocos habitantes y viene sólo el turismo. Aquí vivimos de la tierra; la juventud se va, nos quedamos los viejos”.

Lo dijo uno de ellos, de los viejos de 85 años con sonrisa fresca y contagiosa, parlanchín.  Manuel Artigues estaba sentado en la orilla del Río Ebro en Miravet, con él, otros hombres mayores como José Cegarra, de 78 años que juntos, todos, gustan de recordar el Miravet de su juventud, el de sus mejores tiempos. “Años atrás, como no había presa, a veces subía y subía y cogía todo. Además aquí sobre el río había fábricas de carbón, pero eso es historia, se ha terminado todo desde hace mucho”, contó Don José.

Miravet  perteneciente a Tarragona y con él,  el Río Ebro. Un personaje dentro de la identidad de este punto del mapa que, con la mano en la cintura, limpia, destroza y moldea a su antojo. El Ebro no es cualquier río español, es el más caudaloso del país, el segundo más largo, el que nace y desemboca dentro de su propia entidad, el que tiene una cuenca que se registra como la más extensa. El poderoso que además, atraviesa seis comunidades autónomas españolas y está protegido a través del Parque Nacional del Delta del Ebro, la zona más húmeda de Cataluña. Hablamos de suelos que producen arroz, suelos que están a la merced de la personalidad del Ebro: como puede estar de buenas, puede estar de malas,  río que da y río que quita.

Los hombres de Miravet

Son los hombres de Miravet, los que se sientan en la orilla como sobrevivientes, espectadores, narradores de su propia historia. Dedican tiempo a contemplarlo, a ver el paso de los no habituales coches y como si se tratara del zócalo o la banca del parque, a ver quién pasa y a dónde va, de dónde viene.

En Miravet no viven más de 800 habitantes. Hay una cafetería, una iglesia, un bar, una tienda de recuerdos, un camino para entrar y salir; un árbol central y unas bancas para tomar el sol de la tarde; un pescador famoso, un fotógrafo e historiador que platica la relevancia de Miravet; una señora que vende pan y un catalán que vivía con una mexicana.

Una bocina ubicada en el punto más alto del pueblo, es el medio de comunicación que anuncia los horarios para los bautizos, el recordatorio para inscribir a los nuevos candidatos a la primera comunión, los anuncios de emergencia, los avisos de las fiestas… las noticias. En ese punto alto, está el Castillo de Miravet: mezclas de estilos islámico, bizantino y cisterciense, que en conjunto corresponden a un estilo romántico tardío y al gótico de transición, es decir, una pieza con gran nivel de relevancia histórica y cultural que es posiblemente, para los foráneos, el atractivo principal del pueblo, pero para el pueblo mismo, para los hombres de Miravet, no sirve de nada.

Ese castillo no importa, es eso…. Un castillo sin importancia, ya no es nada”, decía Don Martín con un tono de enojo y desinterés, de menosprecio.  Sin embargo, es el castillo el pretexto de las charlas, de las discusiones entre los hombres que gustan de hablar todos al mismo tiempo, de gritar cada vez más hasta que alguien se cansa, se aleja y regresa para seguir alegando aún cuando el tema ya es otro, se olvida y se regresa a él sin más.

Los cuatro hombres de la fotografía gritaron “ostras” cuando les dije que era mexicana. Más tarde volvieron a gritar “¡Hala!” cuando les dije que Miravet me parecía muy lindo para conocer, y al final, volvieron a gritar “Adeú mexicana guapa” “Vuelve pronto que aquí estaremos sentados”.

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