Una piñata en la Ciudadela de Barcelona

Un día Mariana me contó que en su San José, Costa Rica, es común que entre por la puerta el mariachi en la celebración de una boda, que incluso, allá también le pegan a la piñata en las fiestas. Después descubrí que su cumpleaños es un día después del mío. Qué mejor forma de celebrar ambos aniversarios que con una piñata en Barcelona, pensamos. Eso fue en marzo y estamos en septiembre. Aquel día, como el de mi nacimiento y como muchos de mis aniversarios, llovió. La piñata se canceló.

Parece que entré al cine y salí cinco meses después. Mariana había estado planeando un gran viaje y ya había fecha de partida. No podíamos esperar. Aquel cumpleaños se sumó a una despedida y a un reencuentro con aquella piñata que duró meses guardada. La convocatoria estaba hecha, nos vemos en el Parque de la Ciudadela de Barcelona; yo llevo la piñata, les dije.

Las piñatas son la fiesta

Desde mi cumpleaños uno hasta el diez tuve piñatas, es decir, fiesta de cumpleaños. En la casa del Presidente, mi primera casa, nos reuníamos mis tías, primos, las amigas de mi mamá con sus hijos y cada año se iba sumando mis nuevos amigos de la escuela para celebrar un año más de vida. Llegaban al medio día con un regalo en brazos, bien peinados y arreglados. Me saludaban, felicitaban y colocaban el regalo en una mesa exclusiva para ellos; yo solo veía como se acumulaban, sufriendo por abrirlos. Después de comer llegaban las mañanitas para soplar las velas del pastel, no sin antes pedir un deseo. ¡Mordida! ¡Mordida! ¡Mordida! Gritaban mis amigos. La mordida viene del verbo embarrada sin piedad. Risas, fotos y mucho azúcar. Después del pastel a todos juntos nos tomaban una fotografía con la piñata, la foto del recuerdo de cada año y también la evidencia de que existió una piñata que estaba a punto de ser destrozada. Después los niños y las niñas se formaban por estaturas a esperar su turno para pegarle mientras todos aplaudíamos  y cantábamos:

  • Dale, dale, dale
  • No pierdas el tino
  • Porque si lo pierdes
  • Pierdes el camino
  • Ya le diste una
  • Ya le diste dos
  • Ya le diste tres y tu tiempo se acabó.

¡El que sigue, el que sigue! gritábamos desesperados, yo gritaba lo más fuerte y alto que podía. Ser cumpleañera no te da ventajas, el único privilegio es ser la primera en pegarle a la piñata. Mientras estás en la fila lo único que quieres es que no se la acaben, que te dejen algo. Yo aplicaba la táctica de cantar más rápido, a veces funcionaba porque lo hacía poco a poco para que no se dieran cuenta de mis verdaderas intenciones, pero la mayoría de las veces mis tías marcaban el ritmo, sobre todo cuando les tocaba a sus hijos. El objetivo era darle un golpe y romper la piñata para que salieran disparados los dulces, todos los posibles. Puedo escuchar los gritos de mis tías y mi mamá: ¡No te avientes! ¡Espérate! ¡Háganse para atrás! ¡Cuidado! Así hasta que la piñata desaparecía poco a poco, sin dulces y sin forma.

Como si no fuera suficiente, mi mamá salía de la casa al patio con el canasto de la ropa lleno de bolsitas de dulces para todos mis amigos. Es allí donde están los mejores dulces de la fiesta, los cacahuates y los chicles te distraen de los más ricos. Lo siguiente era sentarme en el centro de la sala de mi casa para abrir los regalos. Uno por uno. Delante de todos los invitados daba las gracias y me tomaban una fotografía con sonrisa Colgate presumiendo el nuevo regalo. Pobre de mí si olvidaba dar las gracias o hacer cara de ¿ropa? Más fotos, besos, meternos los unos con los otros, siempre lloraba alguien y en general: euforia. Las piñatas de mi infancia eran intensas, rebosadas de energía pero siempre marcadas por un paso a paso que teníamos que seguir.

Piñata versión barcelonesa

La cita fue el último domingo de agosto en el Parque de la Ciudadela. Conforme iban llegando nuestros amigos, ahora más cercanos a los treinta y pico que a los diez, se sentaban formando un círculo sobre una sábana que en el centro concentraba la comida para compartir y picar. Tortilla de patata, pasteles que no eran de queso sino de nata, quesadillas, totopos y guacamole, aceitunas, ensalada de papa y claro, pastel. Relajados en una tarde de verano bajo la sombra de los árboles en el parque de la ciudad, uno de esos encuentros que al sentirte cómodo, dejas de pensar y solo vives el presente. Fluyes.

Como si de volver a la tierra se tratara despertó mi infancia: Bueno, qué ¿rompemos la piñata? Les dije sin pensarlo dos veces.

El palo de una escoba de plástico estaba listo y la piñata colgaba de un árbol. Después del primer valiente nos dimos cuenta que la piñata se reiría de cada uno de nosotros. Esa piñata que había estado meses guardada se puso como los buenos quesos, fuerte. Una piñata casera construida por manos mexicanas nos dejó claro que había detrás un buen trabajo de cartonería. A cada uno le vendé los ojos con mipashmina, le di una vuelta, les hacía sentir la altura de la piñata tocándola con el palo, daba un paso para atrás y a cantar y darle duro:

  • Dale, dale, dale
  • No pierdas el tiro
  • Porque si lo pierdes
  • Pierdes el camino
  • Ya le diste una
  • Ya le diste dos
  • Ya le diste tres y tu tiempo se acabó.

Las carcajadas llegaron desde el primer golpe. Todos haciendo su intento por pegarle a la piñata sin poder verla, muy chistosos todos; hubo quien hasta bailó mientras echaba golpes al aire. Fue también un reflejo de personalidades, el que le pegó de forma rotunda, el que nunca tocó ni rozó a la piñata, la que estaba más mareada que asertiva y solo algunos afortunados hicieron que cayeran los dulces, yo les llamo suertudos, después de que los demás suavizáramos el cartón a palos, pues claro, la tuvieron fácil.

Cuando fue mi turno quedó demostrado que mis raíces estaban perfectamente bien. Al primer golpe uno de los picos de la piñata voló, yo solo escuché un ¡Hala con la tía! Al segundo golpe otro pico  y creo que fueron tres los que, orgullosamente, dejé tirados en el pasto. Se acabó mi tiempo e hice una pausa para decirle a  mis amiguitos: -Estos picos tienen otro uso y son privilegiados, se convierten en la bolsita para guardar los dulces que van cayendo – . Sara fue la más rápida en reaccionar y agarró uno de los pinos.  Como buena anfitriona, cedí el mío.

Mariana me contó que en Costa Rica le pegan a la piñata y no paran mientras van cayendo los dulces, se esperan a que termine el niño o niña en turno y entonces buscan esos dulces. Eso en mi casa no pasaba, yo era una guerrera y tenía mis tácticas para sacarle el mejor provecho a cada golpe y al mismo tiempo agacharme para recoger los dulces que iban saliendo disparados, una golosa en toda regla que no dejaba escapar un mazapán.

Llegó un momento que la Ciudadela parecía hacer eco del dale, dale, dale. Miré a nuestro alrededor y teníamos público, gente mirando y tomando fotografías, grabando video de aquello que estaban viendo. ¿Estaré gritando? Pensé. Posiblemente lo hacía pero también me di cuenta que la piñata es famosa pero no precisamente su fiesta, la canción, el ritual. ¿Cómo que conocen la piñata pero no la canción?

El palo terminó destrozado, chueco y deformado. La piñata estaba más entera que muchos de nosotros después del esfuerzo pero en todo caso, y para mi sorpresa, estábamos bajo una atmósfera de desahogo compartido, cansancio de risas. ¡Que rico recordar mi infancia! pensé. Tuve una regresión.

Fue como abrazar la fiesta con la que crecí. No pude más que sentirme afortunada, no había sentido orgullo por tener esta fiesta como una tradición anual en mi vida, no me había dado cuenta que la extrañaba; extraño las piñatas de mis primos, quiero cantar más el dale, dale, dale. Descubro una tradición que no ha caducado y está muy lejos de estarlo. Puede cambiar la canción, porque ya hay varias versiones, puede variar la comida, el diseño de la piñata o la temática de la fiesta, pero no se ha modificado el ritual que paso a paso se encarga de reunir a la familia y buscar la convivencia. Comer juntos, jugar juntos, festejar juntos y formar parte de la piñata juntos. Todos juntos en la foto.

Mis años de gloria con las piñatas no han terminado solo ha cambiado mi rol en ellas. Siguen estando presentes en los cumpleaños, en las posadas y hasta en las bodas en Costa Rica. Quién iba a pensar que festejaría los 33 años en agosto con una piñata en Barcelona. Ahora descubro que en mi equipaje la piñata ha viajado conmigo desde hace tiempo y el dale, dale, dale, también.

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