Dos años sin pozole

Viviendo en México no entendía las historias de mexicanos que residen en el extranjero y que cada vez que regresaban a la ciudad que ahora es su casa, no perdonaban no llevarse un botella de tequila, de mezcal; vino del Valle de Guadalupe, bolsas de pulparindos o pelones. He escuchado historias de mexicanos que regresan con una o dos docenas de tamales en la maleta, bolsas de chiles, paquetes de tortillas de harina, tortillas de maíz, huaraches, salsas caseras. Regresaban con comida. Me parecía ridículo.

Lo que son las cosas. Uno de los temas más recurrentes de un grupo en whatsapp de amigos mexicanos que vivimos en Barcelona, es la comida mexicana. ¿Unos tacos de euro? ¿Vamos por unas enchiladas al Tlaxcal? ¡Tienen que ir al Cielito Lindo! ¿Supieron del nuevo mexicano en el Gótico? ¿Qué tal está el Chihuahua? Somos mexicanos y como tales, sabemos perfectamente a qué saben las tortillas, cuándo enchilan las salsas, cuándo son naturales o de lata; identificamos el cilantro como cualquiera puede hacerlo por el chocolate y, entendemos a la perfección que un limón para acompañar unos tacos jamás será suficiente. Nos hemos convertido en unos críticos cuando de comer comida mexicana se trata, no pensamos en chupitos, ni en fajitas o nachos, olfateamos la autenticidad.

Dos años sin pozole

Se acercaban las fiestas patrias y con ello un par de eventos para dar el grito de ¡Viva México! Alguien en el grupo comenzó a alborotar al gallinero para acudir a alguna de las fiestas que se organizan en la ciudad y cenar rico en una noche muy mexicana. No fuimos a ningún lado, pero en la conversación alguien comentó que en tal sitio, por las fiestas, habría pozole. ¿Pozole? me dije. Tengo dos años sin comer pozole, respondí en el grupo.

En un segundo mi mente se aisló para sumergirse en un puñado de imágenes de comida mexicana, platillos que no he degustado en los últimos dos años en los que no he pisado México. ¡Quería llorar! No había pasado tanto tiempo sin comer pozole, enchiladas suizas, tacos de asada, de lengua, birria, camarones enchilosos; no recuerdo cuándo fue la última vez que saboreé unos tacos dorados o unas flautas, unos sopes o unas gorditas; un molcajete de mariscos, por favor, los mariscos, me pongo de pie. No he comido en dos años una torta del Wash Mobile, un alambre de asada en los tacos que están en la esquina de la casa de mi mamá. Sin embargo, me estremecí con el pozole.

Mi abuela parada enfrente de la olla XL casi de su estatura en la cocina de mí Tia Coty inspeccionando el tiempo y la preparación del pozole. ¿Le falta algo, amá? Puedo escuchar la voz de mi Tía Romy. Los gritos del ¡Ya está la comida! que movilizan a toda la familia a la cocina para buscar un lugar en la mesa y estar en la primera ronda del pozole para esperar a tener el plato, no sopero, pozolero frente a ti: lechuga, rábanos, salsas, una montaña de servilletas junto a otra de tostadas y al menos un kilo de limones partidos, como acompañantes en el centro de la mesa.

Sí, acá también encuentro enchiladas, salsas, chiles y tacos. Pero lo tengo claro, en diciembre voy a México y me traeré tortillas de maíz y de harina, al menos dos paquetes de cada una. Una caja de pulparindos, un paquete de chacachacas y unas tres o cuatro bolsas de churritos. Aunque lleguen muy destrozados, seguro tengo espacio para unas bolsitas de chamoys y seguro que logro mantener a salvo unos Rancheritos. ¿Podré viajar con unos topper de comida preparada?

¡Soy una de esas mexicanas amante de la comida mexicana!

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