Me acuerdo de…

“Me acuerdo que al sentir el calor del Sáhara de Marruecos me sentí poderosa, porque en Mexicali hace más calor en las mismas fechas”.

Me acuerdo que al entrar al Temble Bar de Dublín, me recibió un olor que me recordó a las cantinas, la versión mexicana de un pub.

Me acuerdo de estar en el aeropuerto de Edimburgo y entender el concepto de modernidad, como ir a Disney por primera vez y sentirse dentro de una caricatura, estaba en el futuro.

Me acuerdo de las nubes de Escocia, o seguían a alguien o alguien las estaba siguiendo. 

Me acuerdo del primer trago de cerveza en Dublín, aunque hacía frío, la saboree como en viernes al salir de trabajar. 

Me acuerdo de caminar por encima de la muralla de Lugo, un paseo peatonal, y mirar al pasado, cerrado, y el futuro, hasta el horizonte.

Me acuerdo del primer desayuno irlandés que tuve sobre mi mesa. Me quedó claro que los irlandeses sí sabrían apreciar un plato de chilaquiles con huevo para desayunar.

Me acuerdo de estar encima del dromedario e intentar acariciarlo, reaccionó, no lo entendí, lo dejé en paz. 

Me acuerdo de esa sensación de regresar a Madrid y saber moverme. De perderme sin problema, preguntar y encontrar. Hablar con desconocidos en el bar sobre los problemas del día a día.

Me acuerdo de caminar por el centro de Buenos Aires y sentir que allí todo es viejo como en los años 70, y no viejo de siglos de historia.

Me acuerdo del olor de la fabada, el aspecto, la pesada consistencia. Probé y seguramente cambiará el sabor si regreso a Asturias en invierno.

Me acuerdo de que las calles de Edimburgo me hacían sentir dentro de una maqueta de piedra.

Me acuerdo que cuando hablaba con algún escocés durante el viaje, dejaban claro que estaba hablando con un escocés.    

Me acuerdo de ver campos y campos verdes desde la ventanilla del avión, era Dublín. Esa imagen regresó a mi mente cuando me enteré que Irlanda es el primer exportador de pasto a nivel mundial.

Me acuerdo de caminar por el casco histórico de Córdoba y sentirme en Guanajuato, pero en blanco.

Me acuerdo de escuchar los gritos de un partido, caminar hacia el estadio, ver una puerta de acceso, entrar y descubrir la vibra de un partido de rugby. Eran los actores de 300 jugando.

Me acuerdo de los jardineros trabajando en el parque de El Retiro de Madrid, caminaban y parecía que iban pisando nueces.

Me acuerdo de pasar por un aparador, detenerme, y mirar que se trataba de un taller de guitarras flamencas. “Guitarrería”.

Me acuerdo de la voz de aquel hombre sentado en la entrada de lo que parecía una casa, sosteniendo sus dos manos en un bastón, tuerto y diciendo: Sí, aquí es el albergue.

Me acuerdo de Zipolite y de todo el tiempo que pasé sin hacer nada. Me quedaba horas en la arena, agarraba una tabla y practicada surf, jugaba frisby y miraba a la gente desnuda que se paseaba por la playa.

Me acuerdo del recorrido a pie que hice del Estany de Banyolas y entretenerme viendo a los patos sumergirse, patas arriba una y otra vez en la orilla lodosa del lago.

Me acuerdo que cuando llegué a la estación de tren de Milán, parecía un monumento rebajado a ser una estación de tren.

Me acuerdo que aquella noche teníamos que dormir en la estación de tren de Milán, no teníamos opción. Regresé con decenas de fotografías de gente durmiendo.

Me acuerdo de llegar a Samaipata y no entender qué significa ser la piedra tallada más grande del mundo.

Me acuerdo cuando recorrí la Barceloneta y descubrí que Tijuana no existía y la ciudad ya tenía siglos de historia.

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